“Frente a las noticias falsas y campañas sucias, hay que mejorar la oferta de contenidos”



julio 18, 2019 6:11 pm


Entrevista publicada en Clarín, el 14 de julio de 2019

En mayo pasado, los directivos de Facebook tomaron la decisión de eliminar de su plataforma los perfiles de algunas personalidades ligadas a la extrema derecha norteamericana; entre ellos, Alex Jones, fundador del sitio “InfoWars” (desde el que solía agitar todo tipo de teorías conspirativas) y Paul Nehlen, un nacionalista blanco que se había postulado sin suerte para el Congreso en 2018. Las reacciones no se hicieron esperar y el propio Donald Trump acusó a la red social más popular del mundo de “censurar” a los activistas ultraconservadores. Facebook aseguró que la decisión no estaba vinculada a cuestiones políticas y que se debió, exclusivamente, a su determinación para erradicar los discursos de intolerancia que contaminan la plataforma.

-¿Qué cambió entre agosto de 2018, cuando las redes sociales, amparándose en la libertad de prensa, se negaban a prohibir ciertos comentarios “problemáticos” en sus plataformas, y mayo de 2019, cuando finalmente algunas de ellas deciden expulsar a figuras controvertidas, como Alex Jones o Louis Farrakhan, el líder religioso reiteradamente señalado por sus declaraciones antisemitas?

– De manera más o menos invisible, las redes sociales siempre han monitoreado los contenidos que se vuelcan en ellas. Pero la elección que llevó a la presidencia a Donald Trump y las controversias generadas a raíz de la proliferación de “fake news”, junto con el caso“Cambridge Analytica” y su filtración masiva de datos, marcaron dos puntos de inflexión. Una buena parte de la sociedad empezó a percibir que las redes sociales se mostraban indiferentes ante la veracidad de los contenidos o el derecho a la privacidad e intimidad de las personas. El encadenamiento de denuncias y pedidos públicos obligó a transparentar el modo en que se manejan y filtran esos contenidos. Ya se había procedido antes a dar de baja ciertos perfiles problemáticos, sólo que ahora se hacen públicas las razones por las que se lo hace; es decir, se asume una política de responsabilidad social corporativa.

-Al censurar determinados personajes o mensajes, ¿las redes sociales finalmente se asumen como plataformas de noticias con capacidad para influir en la opinión pública, algo a lo que históricamente se habían mostrado reacias?

-Públicamente, las redes no aceptan esa posición de agentes de comunicación o informativos, declarándose como meros intermediarios entre sus usuarios, lo que les permite eludir las responsabilidades inherentes a cualquier medio masivo de información. Pero, al mismo tiempo, aceptan que funcionan como gigantescas agencias de noticias. El discurso público que han asumido es el de la “autorregulación”, es decir, que ellas mismas se van a dar las reglas para funcionar, con lo que se busca a toda costa evitar que los poderes políticos puedan fijar un marco normativo al que deban atenerse.

-Teniendo en cuenta el factor de riesgo inherente a toda red social, que consiste en la creación de realidades a medida del usuario, donde el disenso o la opinión divergente tienen cada vez menos espacio, ¿tiene razón Donald Trump cuando afirma que en EE.UU, a raíz de la expulsión de las redes de algunos comunicadores afines a su gestión, está en peligro la libertad de expresión?

– El experto en redes Eli Pariser vincula los procesos traumáticos de desinformación e intolerancia al cambio de paradigma. En la televisión y en la prensa escrita tradicional había una base informacional común, lo que facilitaba la discusión y el intercambio de opiniones sobre un espectro compartido de datos. Pero en las redes, los acontecimientos del mundo se adaptan y personalizan para acomodarse mejor a nuestra idiosincrasia personal, lo que elimina esa base en común. La pregunta que debemos hacernos es si estamos en la situación emocional de resistir y decodificar los enormes volúmenes de información con los que diariamente nos saturan las redes. Mi respuesta es que es más difícil, pero sí lo estamos. No estoy de acuerdo con la idea de que somos espectadores pasivos en las redes sociales. En las redes sociales hay noticias falsas, pero también las hay en otros medios. Se ha vuelto un falso lugar común que un uso estratégico de algunas redes privadas como WhatsApp puede llegar a influir de manera decisiva en un proceso electoral, cuando no hay un solo estudio serio que indique que esos mensajes cambien la opinión de alguien que pensaba distinto antes de recibirlos. Se acusa a WA de ser una plataforma propicia para la difusión de “fake news”, pero atribuirle ese poder para torcer la voluntad general es, en sí mismo, una noticia falsa.

-¿Cómo lograr, entonces, cierta objetividad al momento de fijar los contenidos periodísticos en las redes sociales?

-Primero, sostener que no hay una “objetividad” sino interpretaciones. Pero en esta época de pánico moral, donde la primera reacción es echarle la culpa a las redes sociales por los efectos de las “campañas sucias” y la proliferación de información falsa, es preciso mejorar la oferta de contenidos y seguir luchando por un panorama de medios siempre más amplio. Las noticias falsas son un problema de oferta y demanda: ahora está de moda producir “noticias verdaderas”, pero yo creo que hay que producir más noticias, más historias, desde fuentes e interpretaciones más diversas.